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Camino desde Castellón

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Cultura

Castellón

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En Lérida, a 6 de septiembre de 1251, Jaime I extendía un documento por el que autorizaba a Ximén Pérez de Arenós, su lugarteniente en el reino de Valencia, a trasladar la villa de Castellón desde su emplazamiento originario al lugar de la llanura que le fuera bien visto como más apropiado.

La memoria tradicional sitúa la ejecución del autorizado traslado en la Cuaresma inmediata del año siguiente. Este hecho siempre ha sido valorado por el pueblo castellonense en su exacta interpretación de momento auroral de su existencia en el nuevo asentamiento de la alquería mora de Benirabe, y de ahí que el recuerdo del traslado se halle asociado, como es sabido, a la celebración anual de una romería a la ermita de la Magdalena que se levanta junto al castillo de los remotos orígenes.

Doce años antes, en 1239, hubo un intento de fundación de una nueva villa (en este caso en la alquería de Benimahomet), mediante una carta puebla otorgada por el primer dueño feudal que tuvo Castellón, don Nuño Sancho, señor del Rosellón. La Historia tenía determinado, sin embargo, que el nacimiento del nuevo Castellón había de venir de la mano de la Corona (hoy diríamos del Estado), lo que equivale a decir que tendría que iniciar sus pasos por el camino de las libertades y no de los condicionamientos y sometimientos feudales.

Ya es sabido que la vida en el Castellón de los siglos medievales tuvo unos caracteres plenamente urbanos, con importante peso de las actividades artesanas y comerciales por encima de la dedicación rural del cultivo de los campos, que también cobrará posterior y creciente desarrollo mediante el sistema de riegos con las aguas del Mijares.

Como muestra del impulso real al desarrollo económico, recordemos que en 16 de marzo de 1260 Jaime I autorizó la construcción de un camino para unir la villa con el mar, en el punto donde existieron precedentes prerromanos y ahora comenzaba a aparecer un incipiente tráfico marítimo precursor del futuro puerto.

Por otra parte, un documento de 17 de febrero de 1272 autorizaba la ampliación del casco urbano mediante el añadido de un arrabal que suponía la aparición de las calles de Enmedio y de Arriba, demostrando el favorable efecto de la atención real sobre el crecimiento demográfico de la nueva villa. El hijo y sucesor de Jaime I, Pedro III el Grande, desde Barcelona, a 7 de febrero de 1284 otorgará a la villa de Castellón la facultad de autogobernarse mediante la concesión del derecho a poseer sus propios órganos municipales. Bien podía aplicarse al Castellón medieval lo que se decía en aquellos tiempos de que el aire de la ciudad hace libres a los hombres.

Castellón asumió desde el siglo XIV la sede de una gobernación, y con ella un rol de capitalidad que no le ha abandonado a lo largo de varios siglos.

Pero la Historia no es una memoria inerte y muerta sino, un testimonio vivo de un fluir de generaciones que no cesan de sucederse y renovarse sin perder la referencia de un pasado común.

Desde aquella fecha del 8 de septiembre de 1251 hasta hoy ha transcurrido un solo y único discurrir histórico que ha tenido como protagonista al pueblo de Castellón; continuamente mutable en sus individuos por ley de vida, pero siempre el mismo en su común origen y comunes ambiciones.

Un largo y lento desfile de días y años; una continua sedimentación de hombres y mujeres de variada procedencia pero integrados en coincidentes ilusiones; una sucesión de cosechas (vid, canyamel, seda, cáñamo, naranja, según las coyunturas variables de la economía agrícola), de empresas comerciales e industriales; de logros culturales y artísticos; de fervores religiosos; de cambios políticos,… De historia fluyente sin cesar.

Una celebración del 750 aniversario de la concesión real de Jaume I que quiera ser fiel a su propio significado y a su trascendencia no puede quedarse en la mera evocación arqueológica de un antiguo episodio histórico, o sólo en motivo ocasional para celebrar unas sonadas fiestas. Exige una reflexión hacia el pasado como experiencia y hacia el futuro como ilusión. En aquel documento de 1251 iba implícita toda la capacidad de desarrollo que ha hecho posible estos tres cuartos de milenio transcurridos para nuestro pueblo, con alternancia de acontecimientos y sucesos tristes, pero siempre con el amor al progreso, al trabajo y a la libertad por bandera.





La Magdalena

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En 1252 se funda la nueva ciudad de Castellón. A partir de ese momento el Castillo de la Magdalena, conocido en la documentación medieval como el Castillo Viejo, dadas las condiciones de precariedad y abandono en que quedó sumido, inicia el despoblamiento y comienza a arruinarse. Tan sólo quedaría en pie su antigua capilla, dedicada ya posiblemente a Santa María Magdalena, donde llegarían las procesiones de penitencia y rogativas desde la población. La primera referencia documental en una procesión de penitencia que llega hasta la ermita del Castillo Viejo es de 1375. La Ciudad se encontraba afectada por una epidemia de peste negra. Es la única noticia, localizada en los archivos, sobre esta antigua y primera ermita de la Magdalena. De ella nada se ha conservado, ni siquiera el recuerdo del lugar de su ubicación. Años más tarde, en 1451 un fraile del Monasterio de Santes Creus, conocido popularmente por los castellonenses como el fraile barbudo y de nombre real Antonio, inicia la construcción de la actual ermita de la Magdalena, en un lugar diferente del anterior y aprovechando una antigua cisterna de grandes proporciones excavada en la roca. Estructurada en dos naves paralelas, separadas por arcos muy rudimentarios y cubierta con bóveda de cañón, el religioso dedicó sendos altares, tanto a la Magdalena como San Bernardo de Claraval, el fundador de su orden monástica. El justicia, jurados y prohombres de Castellón, solicitan al Arzobispo de Tarragona que otorgue indulgencias a cuantos contribuyan en la construcción del nuevo ermitorio. Entre 1455 que se construye el pórtico y 1590, la ermita experimenta obras de reforma y ampliación . Se dota su altar mayor de un retablo de madera, reedificando las caballerizas para el servicio de los peregrinos. El ermitorio, como meta de rogativas y peregrinaciones durante la Edad Media y aún con posterioridad, disponía de cocinas, comedor, cisternas y hostal, que deligentemente reconstruía y reformaba el Consejo Municipal, propietario de la casa y ermita de Santa Magdalena. En 1,745 la ermita se encuentra en estado de práctica ruina y el Ayuntamiento acuerda suspender temporalmente la Romería desde la Ciudad. Cuatro años más tarde, una vez reconstruida, se recupera la Romería anual, ahora en conmemoración de la fundación de Castellón. El edificio adopta su configuración actual a partir de 1.758 cuando el maestro de obras Vicente Pellicer reconstruye todo el conjunto. Con motivo del VII Centenario de la fundación de la Ciudad, en 1952, se realizan obras en el emitorio, y entre 1988-1989 se consolidan parcialmente las ruinas del Castillo Viejo y se restauran los muros exteriores del edificio. Su altar mayor aparece presidido por una pintura sobre tabla, imitando cerámica, realizada por Juan Bautista Porcar Ripollés 1940.





Desierto de las Palmas

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Un punto recomendable para visitar en los alrededores de Castellón es el Desert de Les Palmes . Se trata de un antiguo yermo carmelitano. Situado en la sierra litoral del mismo nombre. Los atractivos principales son las construcciones religiosas, el entorno natural (declarado paraje natural hace unos años) y la vista que se obtiene desde las alturas.



El conjunto religioso está situado a unos 500 m. sobre el nivel del mar en el corazón mismo y cuenta con varias dependencias. El antiguo convento, hoy en ruinas y de marcado sabor romántico, es del siglo XVII. Se encuentra a dos pasos del actualmente habitado (que es del siglo XVIII). Se pueden visitar, además, las ermitas, unas algo derruidas y otras en buena conservación, que se encuentran en tierras conventuales.



El visitante también puede subir en coche o a pie, si lo desea, hasta al Montjoliu o Bartolo , que es la cima culminante con sus 729 m. Desde él se divisan el litoral y las tierras del interior hasta alcanzar la segunda cima máxima de la Comunidad Valenciana que es el Penyagolosa.





La Pobla Tornesa

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En su término municipal, concretamente en la Cueva Negra, se han encontrado importantes restos arqueológicos del Paleolítico, así como de épocas posteriores. Aun cuando no se ha podido confirmar, se cree que su origen arranca de una venta o posada de la calzada romana que la cruzaba.



Así, por una de sus calles más importantes, discurre la vía romana, posiblemente la Vía Augusta, de la que se conservan aún varios miliarios. Además, sus edificios civiles más significativos eran en otros tiempos fondas y hostales para hospedaje de viajeros.



Ya en la Edad media, Puebla-Tornesa pertenecía al castillo de Montornés. Cuando fue conquistado por Jaime I de Aragón, lo cedió a un tal Pere Sanz, formando parte de las propiedades de Ximén Pérez de Arenoso pasando luego por las manos de varios señores de la época; hasta que a principios del siglo XVI, 1515, fue adquirido por Nicolás Casalduch, conocido como el Barón de la Puebla, título que ostentarán sus descendientes hasta nuestro tiempo. Los barones han sido pues, los responsables de todo lo que es esta localidad, y todavía gran parte del término pertenece a esta familia. En 1701 pertenecía a Miguela Muñoz, a quien sucedió su hija Isabel, que casó con Manuel Valles y Pallarés, cuyos descendientes conservaron la baronía.



Pero el hecho de estar situada en un cruce de caminos no siempre ha sido positivo para la Pobla. A principios del siglo XVIII, como consecuencia de la Guerra de Sucesión que enfrentó a los austrias con los borbones, la población sufrió varios saqueos por parte de las tropas de estos últimos, tal y como se narra en el archivo que los barones de Puebla poseen en Castellón. El suceso más grave aconteció el 25 de mayo de 1708, día en que una tropa de más de 5.000 soldados a cuyo frente estaba el general de Felipe V, Dasfelt, acampó en la zona y saqueó toda la cosecha, lo que provocó el abandono de sus vecinos. El éxodo a Villafamés duró dos días.