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El bebé que se hizo un místico

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20 febrero 2016 / diariodeburgos.es

¿Quién dijo que los jóvenes actuales están idiotizados por las tecnologías y el consumo? ¿Cuántas veces hemos escuchado espeluznantes estudios sociológicos sobre lo superficiales que son y el poco interés que las nuevas generaciones tienen por nada que no brille o que no se lleve ajustado al cuerpo o que no pueda oírse a miles de decibelios o bailarse refrotándose como animales en celo? Pues hay excepciones. Dejen los prejuicios, por favor, y acérquense a la historia de Thomas Fouillat, un chaval que en julio cumplirá 28 años y cuyo nacimiento salió en todos los periódicos de la España de Felipe González. Él lleva aún copias ajadas de aquellas páginas en cuyas fotos se le puede ver en brazos de su madre, Nadège, que aún tenía pintado el cansancio del parto en el rostro (pesó 4 kilos 300 gramos, la criatura) y junto a su padre, Yves, con aspecto de hippie de los 70.

La singular circunstancia de que este francés naciera en una clínica privada de Santiago de Compostela después de que sus padres se conocieran y le engendraran mientras hacían el Camino fue lo que los papeles contaron entonces. Casi tres décadas después vuelve a ser protagonista porque está realizando aquella misma ruta después de muchísimo tiempo de haber abominado de ser ‘el niño del Camino’. Lo que intenta este chaval -según cuenta ahora junto a la portada de la iglesia de San Juan de Ortega, en obras- es reconciliarse con sus orígenes, buscar la verdad dentro de su corazón, meditar y disfrutar de la belleza de la Naturaleza. Nada de reggaeton ni de botellón, valga el ripio. Y así lleva seis años porque dice que no tiene ninguna prisa en completar esta ruta tan mítica.

El pasado jueves estaba en la localidad dedicada a aquel buen hombre -luego santo- que mejoró las infraestructuras para los caminantes, que recibió a Thomas y a su troupe con un espléndido sol invernal bajo el que daba gusto estar. El singular grupo al frente del cual se encuentra esta criatura del Camino -un chaval muy bien plantado y amable, dicho sea de paso- está formado, además de por él, por otros tres seres de la categoría de humanos y dos, de la de animales.

Todos presentaban un evidente cansancio (que saltaba a la vista) y la necesidad perentoria de darse una ducha (una impresión más subjetiva de esta redactora). Hubieran pasado por peregrinos a la antigua usanza si no fuera por detalles contemporáneos tales como los móviles, los cigarrillos de liar, las botas de montaña, la lista de la compra que están preparando o las gafas de Lennon que lleva el único español del grupo, Santi, un adolescente de 18 años que dejó el instituto, una idea peregrina (como él) de la que no se arrepiente porque cuenta que en este tiempo que lleva quemando etapas ha aprendido mucho más de lo que le hubiera podido aportar la LOMCE. Además, este gallego cuenta con el beneplácito de su madre, con quien estaba en Roncesvalles cuando conocieron a Thomas. Es muy guapo y educado y cuenta que pronto terminará la aventura porque se la financian desde casa y tampoco es cuestión de abusar. En un momento dado, se retira a meditar y ya no volverá.

Se trata de una gente muy espiritual ésta para la poca edad que tiene. Y muy callada. Tanto Marek, un rubio de 19 años que dice echar mucho de menos a su mamá, como el treintañero Oliver, que es el más bajito de todos y lleva una sudadera objetivamente de varias tallas más de la que le corresponde, no dicen ni mu, solo sonríen y posan con desgana para la foto. En la pandilla no queda ni rastro de la mujer que acompañaba a Thomas en anteriores etapas y que ha aparecido en las fotos de nuestros colegas Diario de Navarra y La Rioja, ya que la odisea del francés nacido en Compostela está siendo contada al detalle por toda la prensa local del Camino. Ahora le esperan en León y en los rotativos de Galicia. Alguna tele nacional también se ha interesado por la historia. A esta peculiar banda la gente se sube y se baja como si de un autobús se tratara.

En el apartado animal el recuento se hace pronto: está el perro Ulk, con aspecto de mastín mezclado con otra raza, y, sobre todo, de estar dando las diez de últimas aunque, al parecer, lleva muchos meses aguantando como un jabato. Es muy viejito y le cuesta horrores sumarse al grupo para hacer la foto correspondiente junto al burro Calimero, que Thomas se compró hace un par de años por 250 euros y al que -además de colocarle una concha peregrina en la frente- le enganchan una especie de carromato apañado con unas ruedas de bicicleta para que el pobre Ulk vaya cómodo y sin perder ripio de todo el paisaje. Como vemos, nuestro hombre ama a los animales. En general, podría decirse que ama a todos los seres vivos: poco antes de terminar la entrevista nos contará que en Francia tiene una novia que es un ángel, pero no porque esté llena de puritita bondad sino porque tiene alas. Después se ríe a carcajadas. Con estos místicos una nunca sabe a qué atenerse.

El meollo de la cuestión es que a Thomas le ha fastidiado mucho siempre que le llamaran el niño del Camino porque no entendía muy bien la trascendencia de la historia y parece que durante años se encerró en sí mismo para no recordarla. Pero ahora se ha liberado. En esto tuvo algo que ver un viaje que hizo a la India en el que se reconcilió con su pasado, abrió su corazón y se convirtió en una persona extremadamente espiritual. Ahora está feliz transitando por los mismos senderos que recorrió su madre con él en su vientre y su vida transcurre plácida, lejos del estrés que dice encontrar en la gente en general y en cada uno de los periodistas que le abordamos, en particular.

Tal es así que sus planes, cuando en algún momento llegue a Finisterre, pasan por abrir una casa para que la gente vaya a meditar, independientemente de cuál sea su religión o su postura ética ante la vida. «Va a ser un lugar filosófico, sin reglas, donde dar las gracias; yo lo haré a todas las personas que me están ayudando a hacer el Camino de Santiago, y devolver el amor que la gente nos entrega». La fotógrafa y una servidora, por supuesto, estamos invitadas. Que nos espere.