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El Códice Calixtino

15 julio 2011 / Mundicamino

La reciente desaparición del Códice Calixtino del Archivo catedralicio donde (se supone que celosamente) se conservaba es, sin duda, una gran desgracia. Desgracia a la que, según se van conociendo las circunstancias del extravío, hay que añadir un considerable estupor por la incompetencia que han demostrado los guardianes de tan preciado tesoro: tardaron casi una semana en echarlo en falta; la caja fuerte donde se guardaba no había sido forzada; no existe certeza de que el último, de los que entró cerrase con llave al salir y, además, se da la particularidad de que de las cinco cámaras con que está equipado el sistema de alarma del recinto … ¡ninguna enfocaba directamente al códice! Ante tan pésima seguridad es evidente que no hacia falta que viniese un caco con las habilidades de Cary Grant en Atrapa un ladrón para levantar el manuscrito, hubiesen bastado las dudosas habilidades de Gracita Morales y sus chapuceros compinches de Atraco a las tres para dar el golpe con éxito.

Hay que reconocer, sin embargo, que, paradójicamente, ha sido su pérdida lo que ha propiciado que la gente se entere de su existencia. Hasta hace unos días, el códice sólo era conocido por los eruditos y algunos (yo diría que más bien pocos) de los peregrinos que han recorrido el Camino de Santiago. Ahora, cualquiera que haya prestado un mínimo de atención a las noticias, sabe que se trata de un manuscrito ilustrado del siglo XII, que tiene que ver con el Camino de Santiago y que, a lo que parece, tiene gran valor artístico. Ni en sus mejores sueños hubiese imaginado Aymerich de Picaud (el monje cluniacense francés, supuesto autor de la obra) que su original guía para peregrinos (el primer libro de viajes conocido) iba a ser tan popular nueve siglos después de haberse escrito. Por supuesto que nadie va a leer las impresiones del monje que acompañó al Papa Calixto II (el que concedió a Santiago el privilegio del Año Jubilar) en su peregrinación pero… ¿acaso eso importa? La fama de un libro no tiene que ver necesariamente con su número de lectores (piensen, sin ir más lejos, en el Quijote) y, a veces, les basta un titulo para alcanzar renombre universal. El Necronomicón es un maligno libro de hechizos y rituales mágicos, encuadernado en piel humana y que enloquece a todo aquel que se atreve a leerlo. Fue escrito por el poeta árabe Abdul Al-Hazred en el siglo VIII y como fue prohibido por la Iglesia, son muchos (en especial jóvenes heavys y góticos) los que preguntan por él en librerías y bibliotecas. Seguro que se lo venderían o prestarían con gusto… en el caso de que existiera fuera de la mente del genial escritor de historias de terror que lo imaginó: H. P. Lovecraft. El insólito segundo libro de la Poética de Aristóteles, es otro ejemplo de best seller ficticio. Su intento de lectura provocó numerosas muertes en la abadía en que Umberto Ecco situó El nombre de la rosa y para desgracia de los amantes de la literatura erótica, el único ejemplar que existía se consumió en el incendio del monasterio a pesar de los intentos de Sean Connery por salvarlo. Así que bienvenida sea la popularidad del Códice Calixtino… ahora que se ha perdido.