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Santo Toribio, un viaje al valle de Liébana para ganar el Jubileo

14 junio 2019 / revistaiberica.com

El monasterio de Santo Toribio en Liébana, en pleno Picos de Europa (Cantabria), conserva el mayor pedazo de la cruz en que murió Cristo.

Dicen los descreídos que si se juntaran todos los pedazos de madera procedentes de la cruz en que murió Cristo, no sólo se podría reconstruir entera, sino que darían para completar, como mínimo, las tres que sostuvieron a Jesús y los dos ladrones aquel día en el monte Calvario y que, según la tradición, fueron halladas por Santa Elena en Jerusalén. Un pedazo de esa “Lignum Crucis” -el mayor del mundo, según los expertos- se venera desde el siglo VI en un pequeño monasterio del valle de Liébana en plenos Picos de Europa, y atrae este año a cientos de miles de peregrinos y curiosos en busca de la indulgencia total y la gracia del Jubileo.

Como ocurre en Santiago de Compostela y Caravaca de la Cruz, en Roma y Jerusalén, Liébana tiene el privilegio, concedido por Julio II, el papa de la Capilla Sixtina y de las broncas con Miguel Ángel, de celebrar su Año Santo cada vez que la festividad de Santo Toribio (16 de abril) cae en domingo. La primitiva iniciativa sólo concedía una semana para ganar el Jubileo, siglos más tarde, el papa Pablo VI amplió la gracia de la peregrinación a todo el año. Así ocurre en 2006 y las gentes de toda España y de muchos otros países acuden aquí a hacerse perdonar los pecados. El objetivo de todos ellos es contemplar ese pedazo de madera, perteneciente al lateral izquierdo de la cruz y que conserva el agujero en el que se incrustó el clavo.

La reliquia y el monasterio tienen una historia compleja. Al parecer en el siglo VI, un monje palentino llamado Toribio se retiró junto a cinco compañeros de ascetismo a estos valles perdidos en busca de soledad y comunicación con Dios. Según la leyenda, no debió encontrar mucha ayuda Toribio en las recias gentes del lugar, que no le dieron apoyo para construir la iglesia de su abadía. Un día, mientras el monje deambulaba sumido en sus meditaciones, topó con la feroz pelea entre un robusto buey y un gran oso, se acercó a ellos y con sólo la palabra logró el milagro de amansar la ferocidad y ganar la voluntad de las bestias, que consintieron en uncirse juntas para acarrear la piedra con que levantar el sagrado recinto. Hoy esa historia se recuerda en sendos capiteles del ábside mayor de la iglesia donde se representan las toscas cabezas de esos dos animales, motivo que se repite en otros tantos del coro, al otro extremo de la nave central.

El primer cenobio fundado por Toribio y sus compañeros lo dedicaron a San Martín de Tours, lo que dio el nombre inicial al valle de Turieno. Cuando, a partir del 711, los árabes invadieron la Península, los cristianos del sur fueron replegándose hacia las más seguras montañas del norte, con sus libros, ornamentos y reliquias. Entre ellas estaba el cuerpo santo de otro Toribio, obispo de Astorga, y un pedazo de Lignum Crucis que él mismo había conseguido en Jerusalén en el sigloV, cuando fue guardián del templo. Fue así como el monasterio pasó a llamarse de Santo Toribio, en honor del prelado de Astorga y no del fundador de Palencia.