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Un enfermero insigne, San Amaro. En el año Jacobeo

24 marzo 2020 / religiondigital.org

El Camino de Santiago tiene mucho que ver con enfermos peregrinos, hospitales y enfermeros. Es impresionante asomarse a este mundo medieval: actos de piedad heroicos, fe, sacrificios inmensos, junto a malhechores que quieren sacar provecho de la religiosidad de sus semejantes.

Existe en la ciudad de Burgos, todavía hoy, el Hospital del Rey, y también una ermita recoleta dedicada a San Amaro; en el interior se conserva el sepulcro del santo. ¿Quién era este hombre de Dios? Se coloca su existencia en el siglo XIII, en plena efervescencia de la ruta jacobea. Era un joven francés piadoso y bueno. Peregrinó como otros muchos a Santiago de Compostela lleno de fe. Su caminar fue recogido, austero, en un clima de oración profunda.
El pintor burgalés del siglo XVII, Juan del Valle, pintó doce cuadros reveladores de la vida de este hombre santo; se conservan en la ermita. Sí, llegó en su andadura hasta el mismo altar de Santiago, en Compostela, y allí, lleno de emoción hizo el propósito de quedarse en Burgos en el Hospital del Rey, para ayudar a tantos caminantes enfermos a recuperar la salud, y ejercer su amor al prójimo débil por la fatiga y los rigores de las interminables marchas. Lo admitieron en la enfermería y pidió para sí los menesteres más humildes: hacer camas, vaciar y limpiar los vasos, atender a los más necesitados y dolientes.
Era tal su fervor en el servicio que le dieron el título de ministro de los pobres. Desempeñó durante muchos años el cargo “con vigilancia, utilidad de los peregrinos y edificación de todos”, según nos cuentan las crónicas. Era total su celo y dedicación. Con frecuencia salía a esperar a los caminantes a ciertos puntos del itinerario más dificultosos. Allí, si veía a alguno en debilidad suma, lo cargaba sobre sus hombros y lo transportaba al mismo hospital; lo cuidaba, acompañaba hasta su curación o incluso hasta su misma muerte. Todos admiraban la entrega de este santo, hoy en los altares.
Nosotros, los enfermos o débiles por la ancianidad o minusvalía, nos llenamos de gozo al mirar la historia pasada en favor de los más pobres. Y agradecemos a Dios la dedicación de tantas personas – también en nuestros días – al servicio de los más necesitados de ayuda. Pedimos a Dios que en este año santo jacobeo promueva las vocaciones de personas entregadas al bien de los débiles y menesterosos.