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El Camino

17 abril 2011 / Mundicamino

No es coincidencia que mi hijo Santiago me haya dicho: «Te invito al Camino de Santiago, donde hace muchos años querías ir» -desde que leí el libro de Coelho-, y acepté enseguida. » Pero hay un problema -agregó-, tiene que ser a mediados de abril, a más tardar, porque vuelvo a la universidad a la maestría y empiezo clases a fines de mes». Y aquí estamos. Cuando llegamos a Lugo, se acercó Juan Carlos Fuentes y preguntó: «¿Santiago y Juan Falconi?». A lo que ambos contestamos «Sí». Y ahí empezó la aventura en la que vamos recién por el segundo día. Juan Carlos, pronto se convirtió en un amigo de aquellos que parecen de muchos años. Diálogos fluidos, amenos y francos, que pasaban de lo sencillo a lo religioso para terminar en lo histórico.

Pensé que no podría caminar de 20 a 24 kilómetros diarios, aproximadamente, por caminos de toda clase. Va uno, acompañado con su grupo o con terceros que se encuentra al paso pero, al mismo tiempo, encerrado en sus propias reflexiones y pensamientos.

Llegamos la segunda noche a un pazo (casa típica gallega), de aquellas pertenecientes a las antiguas familias acomodadas, acogedoras y afables. Y antes de llegar, hacia la clara noche, con un sol inmenso en el horizonte que no pudo detener mi curioso comentario y preguntar qué habría al final. Tuve como respuesta de Juan Carlos: «Pues, ahí mismo está Santiago».

Ya antes me había dicho que hablaríamos de ultreia y suseia, palabras del antiguo castellano que se repiten a lo largo del camino entre los peregrinos, pero antes quiero ubicar lo de Compostela, que significaría «campo de estrellas», así entendido porque el pastor Pelayo vio cómo unas estrellas señalaban el lugar en el que, supuestamente, se encontraban los restos de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, quien había llegado a estas tierras en acción apostólica. Razón tuvo Serrat cuando cantaba: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar», porque aún estando marcado y en época que es difícil perder el rumbo, en el día a día, cada uno va haciendo su propio camino, que para él se torna distinto del de los otros caminantes.

La experiencia es de aquellas que, de partida, uno estima que la va a repetir. Ojalá -palabra árabe que quiere decir «Dios quiera»- tenga la sensatez de repetirlo porque, lamentablemente, estoy, como la mayoría de mis amigos y colegas, inmerso en atender lo urgente en detrimento de lo importante? Y deviene oportuno recordar al profesor de Einstein que negaba la existencia de Dios porque existe el mal; a lo que este le explicaba: «El mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existe el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor o la oscuridad cuando no hay luz».